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Guía para meditar

Prefacio de la Sociedad Teosófica en México, 2018

El presente contenido es una re-edición del artículo "Meditación" por Henry Bedinger Mitchell, traducido, editado y publicado por primera vez en la revista "El México Teosófico", Año I, Num. 4 con fecha del 10 de Julio de 1920.

Éste contiene una valiosa guía para todo aquél que busque entender qué es realmente la meditación y cómo mediante la concentración y la contemplación se puede llegar a ésta.

 

Importancia de la meditación para conocer directamente y no sólo de oídas la Vida Interna.

La meditación es de importancia capital para el verdadero estudiante de ocultismo. Es inculcada como una práctica en todos los sistemas de enseñanza religiosa y se encuentra desempeñando importante papel en la vida de los santos. En el terreno laico, parece que es concomitante valioso del genio creador. Se habla de la meditación como de algo más que la puerta para penetrar en la vida interna, como la vida interna misma. Por consiguiente, es casi indispensable para todos los que tratan de conocer esa vida directamente y no por lo que de ella les digan.

 

Obras que contienen sugestiones importantes acerca de la meditación, tanto en la literatura teosófica como la cristiana.

A pesar de que se hacen alusiones incesantes a la meditación en todos los tratados religiosos, es difícil encontrar en alguno de ellos una explicación clara de su racionalismo. En la literatura teosófica, las obras: “Luz en el Sendero” por Mabel Collins, “La Voz del Silencio” por H.P. Blavatsky, el “Bhagavad-Gita”, los “Aforismos Yoguis” de Patanjalí y “Cartas que me han Ayudado” de J. Memand, tocan este asunto y se ocupan en algunos de sus diferentes aspectos. En la literatura cristiana, explícitamente pueden darse una multitud de referencias de las cuales sirvan de ejemplo: “Las Cartas de Fenelón” y “la Imitación de Cristo”, de Tomás A. Kempis. Pero en estos tratados sólo se ve el asunto de manera fragmentaria y cuando se comparan los diferentes aspectos aparecen desde luego paradójicos si no contradictorios, y la materia en su conjunto se deja en una especie de obscuridad o vaga confusión. Tal vez la exposición más clara y concisa que se ha presentado puede encontrarse en “The Theosophical Forum” de junio de 1898, pero aún allí se trata el asunto como incidental de un vasto tema y por más que da bastante luz (pues proporciona una comprensión interna que el que esto escribe no podrá dar), apenas si es tan pormenorizada y explicativa como fuera de desearse, dadas la dificultad e importancia del asunto.

 

Motivos de la dificultad de la meditación: (a) los términos se usan confusamente, (b) sólo parcialmente es un proceso mental.

Parte de esta dificultad se debe a la manera confusa en que se usa de los términos concentración, contemplación y meditación, por los diferentes escritores. Pero también se debe la dificultad a la naturaleza misma del asunto. La meditación es solamente, en parte, un proceso mental y eso en sus primeras etapas. En sus últimas fases trasciende totalmente el plano mental, así que es imposible poder describirla de un modo completo en términos mentales, si no es considerándola como una serie de aseveraciones aparentemente contradictorias.

 

Ejemplo.

Una ilustración aclarará este concepto: Considerad los términos inegoísmo, amor y honor. Sabemos perfectamente bien lo que significan, porque conocemos las cosas mismas y, sin embargo, desafían una definición verbal apropiada, porque las palabras son de la mente y estas cosas trascienden la mente. Si hay duda respecto a esto, tratad de manifestar por medio de las palabras si el sacrificio de una madre por su hijo es egoísta o inegoísta. Verbalmente estas palabras representan cualidades contradictorias y, sin embargo, en este caso, por que conocemos la naturaleza de la cosa, estamos satisfechos con decir que tal sacrificio es egoísta e inegoísta a la vez. Lo propio ocurre con todos aquellos estados de conciencia que están más allá de nuestra mentalidad ordinaria. Se describen con palabras solamente como paradojas. Para comprender su significado necesitamos constantemente rodear las palabras para llegar hasta las cosas mismas. Hecha esta digresión, a título de introducción, pasemos a ocuparnos de nuestro asunto.

 

Definición de la meditación. El primer paso hacia ella.

Se ha definido la meditación como ese estado que sigue a la centralización de nuestra conciencia en el alma, más bien que en la mente o en las emociones. El primer paso hacia la meditación es la concentración y mientras no se haya adquirido un considerable poder de concentración, es imposible la verdadera meditación.

 

Concentración. Dificultad de que obedezca a nuestra voluntad.

Indudablemente todos nosotros podemos concentrar la mente en una sola dirección, completamente y con facilidad. Cierto, si no fuéramos capaces de concentrarnos, nos damos cuenta cuán ineficaz sería nuestro trabajo diario. Pero pocos tienen ese poder general de concentración que obedece a los dictados de la voluntad en cualquier dirección. Para convencernos de ello, basta con que dejéis a un lado este folleto y tratéis de concentrar vuestros pensamientos, — digamos por tres minutos — sobre cualquier tópico que no esté asociado con vuestras esperanzas, temores y deberes ordinarios. Tratad, por ejemplo de pensar en “la idea del deber”, y notad cuántos otros pensamientos llegan en tropel a vuestra mente en ese corto espacio de tiempo. Bajo la influencia de la esperanza, del temor, del deseo, o aún de la costumbre diaria, la mente puede sostenerse fácilmente sin divagación sobre un punto; pero no así bajo la influencia de nuestra voluntad. No hemos llegado todavía a ser los amos y señores de nuestras propias mentes, ni podemos mantenerlas atentas, afocadas y fijas por cualquier periodo de tiempo. Nuestra atención se distrae constantemente, primero porque se ha dicho que la mente está dominada por los deseos y, segundo, porque Patanjalí describe la concentración como “el refinamiento de las modificaciones del principio pensante”.

 

Primer paso en el ocultismo práctico: la concentración de verdad. Sus dos características constitutivas. Sus tres resultados.

El primer paso en el ocultismo práctico, es el esfuerzo de aumentar el poder de concentración por una educación competente y sistematizada. Esta educación puede adquirirla todo el que lo desee y consagre al asunto la atención que requiere en medio de los deberes e incidentes de la vida diaria. Consiste por una parte, en concentrar todas las facultades sobre cada uno de los deberes y tareas que se vayan presentando, aún cuando los deberes sean el de segar maíz, o de escuchar un concierto: y, por otra parte, no dejar nunca que la mente, sin sujeción alguna, sueñe ociosamente o sufra ansiedades. Ponedle siempre delante un asunto. De hacerlo resultarán tres cosas que son, en realidad, una sola: primero, ganaremos enormemente en el dominio de nuestras mentes por la voluntad y en el poder de la concentración: segundo, haremos mucho mejor trabajo y mucho más efectivo; tercero, se nos quitará de encima un gran fardo de temor y ansiedad inútiles. Este adiestramiento no es tan fácil al principio, pero tiene en sí muy rica recompensa.

 

La contemplación. Significado de este término en esta obra.

Hay otra etapa de la concentración que podemos denominar la contemplación, aunque este nombre se usa por muchos escritores para indicar algo más elevado. Habiendo ya aprendido a concentrar nuestra mente en una sola línea o secuela de pensamiento, trataremos de concentrarla sobre un solo aspecto o idea. Pongamos como antes, por ejemplo. La idea del deber. No debemos pensar: “Nuestros deberes nos enseñan mucho”, “Me asombra cuántos deberes he dejado sin cumplir”, etc., etc., sino que, simplemente contemplaremos la noción desnuda y abstracta del deber. Patanjalí nos dice que una de las ayudas para esta forma de concentración es “murmujear”, esto es, repetir la palabra “quedo”. En cierta manera esta forma de concentración es semejante a la monótona y continua repetición del nombre de la idea. Y esto, el “murmujeo”, lo propone Patanjalí como una ayuda adventicia. Cada noción o idea tiene innumerables aspectos y sus correlaciones y correspondencias corren en todas las direcciones posibles. Es ya algo el poder seguir una sola de estas direcciones, — sin saltar a otras —, pero es más difícil mantener la mente inmóvil y fija en la contemplación del concepto central. Si comenzamos intentando esta práctica a horas fijas, gradualmente iremos haciéndola con mayor facilidad y por periodos mayores, sin esfuerzo indebido, a medida que dominemos esto, encontramos que en este estado todos los procesos mentales ordinarios se aquietan y se mantienen en suspenso, como lo está la actividad de los sentidos. Sólo permanece activa la facultad desnuda de “darse cuenta”, si se nos permite usar este término, un tanto técnico. Nos damos cuenta de la idea o cosa que estamos contemplando y nos damos cuenta de ella de una manera muy intensa, de su unidad y esencia. Estamos contemplando, por decirlo así, todos sus atributos en su raíz, así que encontramos que por poco que logremos, esta contemplación de la esencia de una cosa, nos aclara extremadamente nuestra comprensión de sus diversas características y ramificaciones.

 

La fusión de los sentidos en uno: los dos aspectos del “darse cuenta”.

Este estado ha sido también descrito como la “fusión de todos los sentidos en uno sólo”. Este enunciado suena un poco más formidable de lo que es, porque un resultado semejante sigue a toda concentración enérgica de la atención. Por ejemplo, cuando estamos profundamente interesados en un libro, probablemente todos nos hemos dado cuenta repentinamente de la entrada de alguna persona en el cuarto. Toda nuestra atención había sido concentrada en la lectura; los sentidos, excepto la acción casi automática del ojo, se habían sumido en un estado de suspensión (refugiados en el poder central de darnos cuenta, del cual son diferenciadores).

 

El aspecto negativo.

No podemos decir si oímos que alguno entró en la habitación, o lo vimos, o si sentimos una corriente de aire, o cuál fue la forma en que nuestra atención fue atraída por esa presencia; pero repentinamente nos hemos dado cuenta de ella. Esto ilustra el aspecto negativo de la fusión de los sentidos en el único sentido de darse cuenta. Es, sin embargo, solamente el aspecto negativo, o tal vez, para decirlo con más propiedad, su correspondencia negativa.

 

El aspecto positivo.

El aspecto positivo de darse cuenta es el sentimiento de la unidad o de ser. Prácticamente llegamos a ser la cosa que estamos contemplando y así llegamos a conocerla como ella se conoce a sí misma. Esto puede ser explicado e ilustrado de diferentes maneras. Cuando concentramos y afocamos nuestra mente y nuestros sentidos en cierto objeto, nuestra mente, como un material plástico, toma la forma característica del objeto de nuestra contemplación, o para hablar en términos de vibración, vibra al unísono con dicho objeto. Esta unidad de forma o identidad de vibración atrae una fuerza semejante. Vemos algo parecido a esto en la fuerza que se siente en torno de la estatua o de la fotografía de un hombre poderoso. La semejanza de forma ha atraído semejanza de fuerza. Apoyándose en este principio, colocaban los egipcios estatuas de los muertos en sus tumbas para que por ese medio pudiera conservarse su fuerza. Pero todo esto ha de hacerse más claro a medida que hagamos la aplicación a la meditación, y en realidad, principalmente en conexión con esto último es con lo que la contemplación se convierte en una práctica útil.

 

En qué consiste el esfuerzo de meditar.

Habiendo aprendido en nuestra vida diaria a obtener algún poder de concentración, juntamente con el dominio y unidad de mira de la mente, podemos ocuparnos en la meditación misma. El esfuerzo de meditar es el esfuerzo de centralizar la conciencia en el alma. Se hace concentrándose sobre el alma. En el pensamiento diario del hombre común y corriente, el alma tiene muchísimo de abstracción. Esto es lo que expresa al decir “tiempo alma”, el hombre no dice “soy alma”. En verdad estaría muy poco justificado afirmando esto último, porque para él el “YO” es el centro de su conciencia, y esta conciencia no la ha colocado aún en el alma. Podría, como la mayor parte de nosotros, estar dispuesta a admitir que toda la vida, la suya, lo mismo que la de toda la naturaleza, existe sólo como una expresión del alma. Pero eso, os dirá, es más teórico que práctico. Y precisamente experimentar este hecho como una realidad práctica consciente, es el objeto de su empresa en las enseñanzas de la meditación.

 

La concentración sobre el alma, es la contemplación del más alto ideal.

En el esfuerzo de concentración sobre el alma nos enfrentamos con nuestra primera vaguedad de dirección. ¿Sobre qué vamos a concentrarnos? Seguramente que ni sobre una imagen glorificada de nuestras diarias personalidades separadas y aparte de estas almas, sino más bien sobre el más elevado y abstracto ideal que cada uno de nosotros posee. La forma bajo la cual se presenta difiere con cada individuo. Para uno puede ser la ley de amor, para otro, la ley de justicia, para otro, el inexplicable ser o visión de majestad y poder. La forma importa poco. Lo que importa es que sea su más alta concepción, su ideal, su aproximación más alta a la superalma o a Dios, que pueda concebir. Sobre esto es sobre lo que va a concentrar su mente y su atención, con esa unidad de mira que hemos descrito como contemplación.

 

Hasta donde se extiende el proceso de la contemplación.

En la medida que tiene este ideal en su mente, y puesto que es su ideal, también lo tiene en su corazón — tiene lugar el proceso que hemos delineado —. Las numerosas veces de la mente y de los sentidos mueren y se aquietan. Ya no se da cuenta de otra cosa, sino del objeto de su contemplación. Los sentidos son ahogados, automática e inconscientemente y llegan a fundirse en el simple poder perceptivo de darse cuenta o intuición. La conciencia de la mente, tal como la hemos conocido, activa y sujeta al cambio, sufre una transformación sutil. En lugar de ella despierta la conciencia del corazón.

 

La conciencia del corazón. Idea de la unidad.

Podríamos hacer más clara esta transformación, considerando una característica notable en nuestros procesos mentales ordinarios. Esta característica es la de dualidad y multiplicidad. La mente relaciona siempre una cosa con otra: compara y correlaciona, pues tiene por su naturaleza muchos puntos de mira y ni aún la corrección de su tendencia discursiva altera esta característica fundamental. Por otra parte, el efecto del amor, o del deseo, o de cualquier otro acto que asociemos con el corazón es el de concentrar la atención y la conciencia, solamente y con unidad de mira, sobre el objeto amado. Deteneos un momento y llamad a la memoria algún amigo. Tenemos delante de nosotros una pintura mental que estamos contemplando como lo haríamos con un objeto físico. Ahora pensad acerca de vuestro amigo. Os encontrareis inmediatamente haciendo comparaciones de alguna clase, ya sea entre él y otras personas, o entre sus peculiaridades o sus ocupaciones. Este proceso de relación conducirá prontamente a la consideración de otros tópicos, si la mente no está educada en la concentración. Pero aunque esté educada, vemos esto constantemente como un acto racional. Ahora volved de nuevo a la imagen mental de vuestro amigo. Manteniendo vuestra atención fija sobre él, ceded al pensamiento de amistad o de amor que sintáis por él. Encontraréis que en esto no se encuentra presente ningún sentimiento de comparación, toda vuestra atención está fija, no sobre sus características personales, sino sobre el hombre mismo. Y si vuestro amor es bastante intenso, perderéis noción hasta de vosotros mismos, teniendo solamente el sentido de su presencia, que aumenta en intensidad y se hace más absorbente a medida que crece vuestro amor. Después de que hayáis retirado vuestra atención os encontraréis que habéis estado curiosamente en unidad con él, pero en la ocasión, hasta este sentimiento se perdió en la sensación de su presencia, porque habéis perdido el pensamiento de vosotros mismos.

 

Estado dinámico.

Así ocurre que cuando la mente está quieta en la contemplación, el corazón se vuelve dinámico y nos pone al unísono con el objeto que estamos contemplando, con tal que de veras lo deseemos y tengamos por él un amor real y no sentimental. Esta acción dinámica del corazón es la que entra en mente, aunque fija en dirección, se ha puesto en completa quietud. En esta condición, se ha asemejado a un lago plácido, que ya no es corriente o dinámico sino que se ha hecho capaz de reflejar la quieta gloria de las estrellas y sus eternos movimientos.

 

La idea de la presencia.

La conciencia está ahora sostenida por el deseo del corazón. Este deseo es su fuerza real y viviente. Tira hacia nosotros hacia el ideal donde se dirige. Empezamos a comprender, gradualmente, la realidad de su presencia. Al principio esta presencia está reflejada en la mente, fija en la contemplación, en esa forma en que la manifestamos primeramente con las palabras o con la imagen mental. Pero en cuanto es un ideal verdadero y genuino, pertenece al alma sin forma, y esta es la razón de que sea para nosotros un ideal, y por consiguiente, nuestro deseo penetra más allá de la forma o de la frase. Poco a poco esta pintura mental se va atenuando y se pierde para la vista. Cae sobre nosotros una gran quietud y silencio, informe y sin palabras, pero llena de poder. Cuando hayamos entrado en esta quietud, hemos empezado a meditar, porque en ella está envuelta el alma de cada uno, como lo está el alma del mundo todo.

 

El más alto estado de la conciencia.

De la conciencia que sigue luego, no puedo hablar. Ha sido descrita por los profetas y los videntes, los santos y los poetas y los grandes artistas de la raza, en todas las edades. Las palabras y las alegorías que han usado, varían hasta lo infinito como varían los aspectos del alma del hombre. Pero en todas está el mismo sentimiento, el mismo ritmo sutil, la misma luz. Para cualquiera que haya conocido la iluminación, reconocerá la descripción, lo mismo en los upanishads que en los versos de Wordsworth, en los profetas hebreos, que en las vidas de los santos cristianos. Puede obtenerse del secretario de la Sociedad Teosófica un pequeño volumen titulado “El canto de la Vida” que contiene la traducción de una parte de Brihad Aranyaka Upanishad. Leedlo con esta mira única: que es un tratado sobre la conciencia del alma, la cual podemos alcanzar en la meditación, porque pronto encontraremos que el silencio no es el silencio, sino que está lleno de un poderoso canto. Como las profundas notas de un órgano que sentimos antes de oír, así sentimos este canto antes de poderlo escuchar. Es el canto de la vida, el ritmo de la ley, el aliento de Dios. Y por medio de nuestra contemplación y de nuestro amor, nos convertimos en uno con esto, — uno con todo lo que es —, parte de la gran ley, parte del orden moral.

 

Benéfico resultado.

Descendemos de esa conciencia en nuestra conciencia ordinaria. Pero nunca volvemos al mismo nivel. Los cuidados y las ansiedades, las esperanzas, temores y ambiciones del mundo externo vuelven a nosotros, pero vuelven con una curiosa coloración de irrealidad. Hemos experimentado, aunque sea por un momento, una vida en la que no tenían sitio, y ya nunca podrán tener el mismo dominio sobre nosotros, así como ya nunca podrán satisfacernos por completo. Esto está simbolizado en la primera de las Tentaciones del Desierto, cuando Jesús replica: “Está escrito, el hombre no ha de vivir solamente de pan, sino de cada una de las palabras que salen de la boca de Dios”.

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